Amistad

Hace algo más de catorce años escribí el texto que vas a leer en una red social que acabé por abandonar muy acertadamente.

Dice así:

Me hace gracia lo mucho que todos hablan de ella, lo fácilmente que aluden a su característica para “poseer” al otro, cuando en realidad, lejos de vivirla desde el sentido de pertenencia, lo enriquecedor sería vivirla desde el sentido generoso de la expresión vital humana.

La amistad, entregada y alimentada desde el centro de las emociones es un tributo a la lealtad, a la honestidad, un homenaje a la solidaridad, al acompañamiento, un reconocimiento a la complementariedad, desde la diversidad de las formas de ser del “otro legítimo”, un festival de alegrías y emociones siempre en beneficio del crecimiento y el desarrollo de los que se consideran sus abanderados.

Hablar de amistad, de la de verdad, de esa de la que muchos presumen, pocos tienen y menos aún ofrecen, es hablar de aceptación y generosidad. Aceptación para acoger al otro como un “legítimo otro”, diferente de nosotros, único e irrepetible y por ello excepcional; un “legítimo otro” que gracias a su diferencia nos enriquece, nos aporta posibilidades de ampliar nuestras miras, del cual, con apertura, tomamos todo lo que trae, tanto lo que nos gusta, como lo que le advertimos con humildad y generosidad constructiva, con valentía y riesgo de incomodar, podría mejorar para su crecimiento y desarrollo personal de su “legítima forma de ser”.

Al hablar de amistad hablamos de comprensión. Hablamos de entender la el punto de vista del otro y la manera de aproximarnos a sus inquietudes a través de una escucha limpia, sin juicios ni prejuicios, sin etiquetas, una escucha que deja espacio para que el otro se exprese libre, sin cortapisas, mostrando su vulnerabilidad en la confianza de ser respetado, una escucha que legitima al otro; la verdadera amistad es compartir las alegrías para hacerlas mayores y las penas para hacerlas menores; es hablar de acogida, de apoyo, de proximidad, de valentía, de coraje, de compromiso, de lealtad y de sinceridad, con uno mismo y con el otro.

A un amigo, además de quererlo, se le cuida, ofreciendo lo más sano, llano, humano y cercano que tengas en tu interior, sin intereses materiales, sin intenciones emocionales, sin actitudes laterales, sin orgullos ni rivalidades; ofrecer amistad, de la de verdad, es poner a disposición del “otro legítimo” y para su crecimiento, nuestras virtudes y posibilidades… y darlo sin esperar nada a cambio, de lo contrario convertiríamos la relación en mercancía de trueque en un puesto de mercadillo.

La amistad trasciende las palabras, va más allá de lo dicho, nos lleva a la acción contundente y generosa que habla por sí sola, que nada espera a cambio. Darlo todo por el otro, cuidar su integridad, dejarle espacio para crecer, proporcionar abrigo en la debilidad, respaldo en la adversidad, alegría en la cordialidad, ilusión en la creatividad, confianza en la complicidad; ofrecer una palabra dura para generar reacción, regalar una palabra amable para construir proximidad.

Para disfrutar de una gran amistad de nada sirven los atajos, sólo vale la genuina autenticidad, la verdadera humildad, la sensata lealtad, la habilidad de perdonar y olvidar. Me siento afortunado por tener pocos, muy pocos amigos… y tampoco sería capaz de tener muchos más, sería incapaz de asumir tanta responsabilidad, sería incapaz de corresponder con libertad. Lo que sí puedo ofrecer es cariño y amor, mucho amor, tal y como propone José Ortega y Gasset: Estar ontológicamente con el otro, vitalmente con él, fiel al destino que sea; es conservación intencional del otro

¿Recordáis?, el otro, ese que es un “otro legítimo” es un amigo, es un ser especial. Yo, por mis “otros legítimos”, lo doy todo.

Un abrazo. B

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